Divulgación ÓBOLO

 

   Emilio J. García-Wiedemannficha técnica  
  Palabras y cosas Colección La Isleta del Moro Fecha: 2005 Publicado: Asociación del Diente de Oro
(Prefacio y primer artículo)

A modo de aclaración ociosa

La metodología de investigación dialectal “las palabras y las cosas”, analizó la distribución geográfica e histórica de todos los útiles materiales de la cultura y el vocabulario relacionado con ellos, de tal manera que se constituyó en método fecundo, en el ámbito de la filología, para avanzar científicamente en lo que respecta a una parcela compleja y que se escapaba por distintos motivos de las clasificaciones, o bien contribuía decididamente a describir y explicar el complejo mundo de las designaciones. Asistimos, unos más perplejos que otros, a la materialización de la distancia que existe entre el «dicho y el hecho», a la progresiva y, al parecer, imparable complejización del mundo, a la universalización de la picaresca hispana; el desarrollo normativo legal, que llega a cotas inusitadas en una pirueta fantástica, una más, por hacer visible el imposible equilibrio entre el tú y el yo a partir de instancias de carácter jurídico, termina por sancionar legalmente que, incluso ante la Ley, unos somos más iguales que otros.

No obstante, el refranero sentencia que «la mentira tiene las patas cortas» o que «antes se pilla a un mentiroso que a un cojo», y, quizá por ello, los profesionales de la mentira -que los hay a puñados- optan por prácticas que, digamos, dulcifican la mentira grosera y la travisten en “piadosa”, como si la mentira pudiera contener un ápice de virtud en sus adentros. En esta “moda” canalla de alejar las palabras de las cosas, los fabricantes de la “verdad” encontraron coartada perfecta en el eufemismo, presentando la realidad de tal manera que, cualquier parecido con la misma es pura y simple coincidencia. ¡Qué bondad la suya! Alejar lo crudo y descarnado de cuanto acontece, preservándonos las sensibilidades para mejores empresas, léase culebrones prefabricados y las naderías varias que nos arrojan a ojos y oídos hasta aturdir nuestros sentidos. La tarea en que me he venido afanando en los últimos tiempos trata, precisamente, de dejar al descubierto ese tipo de engaños, de trucos mejor o peor disfrazados, de buscar un poco de luz clara entre tanto amasijo de vacuidades. Soy muy consciente de que «Nada hay más viejo que un periódico de ayer», como reza uno de los mandatos periodísticos, condensando en el aserto la tiranía de lo actual. Sin embargo, la opinión, subgénero del que aquí oso ofrecerles una compilación de trabajos, posee, con todo, la virtualidad (en su sentido etimológico de ‘poseer la virtud de’) de trascender lo actual, lo urgente y, además de profundizar en los hechos, de ver los distintos ángulos de enfoque para poder ofrecer un juicio más rico en matices. Al menos, así lo he entendido yo siempre; lo puramente actual, por su temporalidad misma nunca me ha interesado en exceso, aunque muchas reflexiones encontrará el lector surgidas al calor del acontecimiento; no obstante, el hecho puntual, la anécdota, la noticia me han servido para ampliar el radio de la reflexión que me proponía, para, perdón por la inmodestia, realizar desarrollos de mayor alcance. Mi intención, ustedes podrán juzgar mejor que nadie si he conseguido alcanzarlo, siempre ha sido la de propiciar que el lector se pregunte acerca de los múltiples porqués que nos rodean, la de no conformarse con explicaciones ramplonas, fáciles en extremo o descaradamente interesadas.

La historiografía contemporánea utiliza como fuentes documentales las noticias de prensa y ya comienzan a abrirse a la valoración que de los acontecimientos hicieron los columnistas . El método puede ser muy fructífero, aunque no se me escapa la dificultad de tener que manejar un cúmulo de material ingente, pero es un contrapunto esencial en el proceso de descripción de lo que ha sido un período determinado. Ofrezco en las páginas que siguen mis colaboraciones periódicas que abarcan de junio de 1999 a finales de diciembre de 2000. Un período convulso de nuestra historia reciente, un fin de siglo complejo con retornos más que preocupantes a la oscuridad y el tenebrismo, a un conservadurismo que desesperadamente intenta frenar el decidido avance de la humanidad. Antes de dejarles con la lectura del texto, he de expresar algunos agradecimientos inexcusables, no por cortesía versallesca, sino porque obedecen a la más pura y evidente de las realidades. En primer lugar, a Melchor Sainz-Pardo que me brindó la oportunidad de colaborar en Ideal y que me ha regalado un prólogo lleno de halagos y cariño. En segundo lugar, a mis padres que han sido mis más críticos lectores. Después a mi hija, Giselle, que a fuerza de resistirse a leerme, se ha constituido en acicate para mejorar. A mi sufrida Beatriz que me ha soportado estoicamente mi ausencia en la presencia. En fin, mi más profundo agradecimiento a los lectores que me han prodigado su favor y su fidelidad en cotas que nunca hubiera imaginado. Gracias, pues, a todos. Mi gratitud la seguiré materializando en forma de respeto.

Granada, julio de 2005

Hipocresía y paraísos artificiales

Según los datos que se contienen en el último barómetro del CIS, la segunda preocupación que tienen los españoles son las drogas y un 28% de los encuestados considera tal problema como muy preocupante. Sin embargo, hay mucha hipocresía guardada celosamente detrás de tanta preocupación, en especial con la droga más enraizada en nuestra cultura, el alcohol. Hipocresía que se esconde y se traviste de privacidad hasta el punto de hacerse de ello, primero, una cuestión tabú y, como tal, se procede a silenciarla para, acto seguido, estigmatizarla. Volviendo a la pretendida preocupación a la que alude el estudio del CIS, ¿qué es lo que verdaderamente preocupa? En Granada, en los últimos cuatro años, las drogas han provocado 39 defunciones, cifra que podemos considerar como alarmante, pero que, comparada con otras estadísticas, adquiere su dimensión real. Por ejemplo, en España mueren anualmente 45.000 personas por causas relacionadas directamente con el tabaco y son 3.000 las muertes que se producen al año en accidentes de tráfico. Un último dato: en Granada, el año pasado, murieron 18 personas en accidentes laborales.

Aristóteles definía al ser humano como «animal político» y quería hacer hincapié en el hecho de su condición de ser gregario, de su necesidad de los demás, de los “otros”. Hoy, estamos en los antípodas de esa concepción y lo que se alza como baluarte inexpugnable es considerar al “otro”, sea quien sea, como enemigo a quien hay que vencer, machacar y, si es posible, eliminar de la faz de la tierra. A partir de esta noción de lo político, parece claro que se encuentran todos más que cargados de razón para arrojarse a sus ilustres caras cualquier tipo de basura, basurilla o excremento vario que han ido acumulando en los sótanos de su tiempo de oposición. No les importa tocar a rebato cuando sus particulares intereses así lo requieren; o provocar la eufemística «alarma social» cuando estiman que les conviene. Todo vale. Vale todo. En un nuevo acto de hipocresía social, el Ministerio de Sanidad ha negado la autorización a la Junta de Andalucía para suministrar heroína a los toxicómanos. Y la negativa se fundamenta en los informes de la Junta de Fiscalización de Estupefacientes, que es un organismo de carácter más bien policial, haciendo caso omiso de las recomendaciones avaladas científicamente por la Organización Mundial de la Salud. Pérez Saldaña, Consejero de Asuntos Sociales, ya ha advertido que hay «3.200 drogadictos esperando una decisión». El proyecto piloto ubicaría uno de sus centros en Granada, que durante 1998 ya atendió a 4.700 drogadictos en programas de tratamiento para el abandono del consumo de drogas ¿Qué pretende la administración con esta negativa? ¿Qué se quiere hacer con los adictos crónicos? ¿Acaso la “preocupación” por las drogas sólo tiene la vertiente de carácter delictivo?

Es preciso que se hable, y cuanto más mejor y en todas partes; en la panadería, en el autobús, en la oficina, en el instituto, y, si salta a los medios de comunicación, bien está, y que participe todo el mundo, pero los políticos con sus intervenciones lo único que están haciendo es, por un lado, desvirtuar y, por otro, sustraer el debate a aquellos que son los verdaderos y legítimos destinatarios del mismo: todos y cada uno de nosotros. No quiero decir con esto que los “públicos” no puedan participar con sus opiniones, claro que sí, pero con una restricción, como ciudadanos de a pie. Así se dará a sus comentarios la importancia que en sí mismos puedan tener, ni más ni menos que la de cualquiera. De tal manera, que cada palo aguante su vela: los científicos, investigando, los técnicos, diseñando campañas; los padres, educadores, jóvenes y menos jóvenes, participando de un debate sincero y enriquecedor. En fin, todos, en la inexcusable tarea de hacer un mundo más vivible para que nadie tenga la coartada de crearse paraísos artificiales porque lo que le rodea es, de verdad, irrespirable.

«Hipocresía y paraísos artificiales» en Ideal (Granada), 4-VI-99, pág. 23.